Ópera Prima


Ópera Prima

Palabras de Pedro Pérez Rivero a propósito del lanzamiento del volumen Ópera Prima con textos teatrales de Jorge Alberto G. Fernández

Café Teatro Bertolt Brecht, La Habana, Cuba, Julio de 2005

 

Tal vez a diferencia de la mayoría de quienes aceptan presentar textos, confieso que a mí me motivan mucho más aquellos que dan inicio a una impronta creadora.  Ópera prima, - título explícito para la condición de los que se inician, - encierra ese valor que tanto aprecio, por permitirme figurar entre los descubridores de un grato suceso, de un talento. Más aún cuando también he podido marchar de algún modo junto al autor, Jorge Alberto G. Fernández, mientras se formaba como director teatral y a la vez germinaba su semilla dramatúrgica.

Precisamente, los primeros indicios de su lozanía, convertidos luego en los textos que hoy presentamos, pude apreciarlos en los certámenes del Movimiento de Talleres Literarios, desde el cual Jorgito ha sabido empinarse con un sostenido esfuerzo de cinco años, para saltar de los predios municipal y provincial a los encuentros nacionales.

Este volumen hasta en el orden de presentación de sus textos manifiesta fidelidad a su título, pues en él aparecen de primero a último escritos: Habana - New York - ¿Habana?, La diva y Un poco de buena suerte. Acerquémonos pués, respetando ese derrotero ascendente, a cada uno de ellos.

En Habana - New York - ¿Habana? se encuentra un sondeo identitario, para dar de sí los nada secretos objetivos del dramaturgo. El respeto a las diferencias en las diferencias mismas, enriquece los andares de quienes, bajo la premisa de “soñar no cuesta nada”, enfrentan con la singularidad de cada cual, un cúmulo de circunstancias que parecen morderse la cola para un círculo de vicisitudes y esperanzas, de modo que ante los raseros de la identidad homoerótica o la del habanero en Cuba o en el exilio, palpiten personajes dotados con sus propias espuelas en la acción dramática. 

Si tuviera que escoger la estrategia que más me satisface en La Diva, no vacilaría en optar por ese juego que hace trascender en esta obra algunos tintes melodramáticos, como materia digna de complejizarse dramatúrgicamente. Se trata de un recuento plagado de emociones que consiguen un peso real, más apto para el desempeño teatral que las situaciones elucubradas o extremas que suelen caer en un patetismo, del que esta Diva se salva, y lo que es mejor: con la oportunidad de brillar otra vez, de fabricar cuando caiga el telón un nuevo recuerdo.

Más riesgos entraña la construcción de la tercer propuesta del volumen, y me atrevería a decir que mejor asumidos, prueba fehaciente de la madurez alcanzada por el autor en este recorrido progresivo poro su obra. Un dueto de estos que piden primerísimos actores resulta “Un poco de buena suerte”. A prósito, ojalá la suerte ayude pronto a este texto a encontrar sus actores y un director que sepa cómo arropar tanta palabra buena para el diálogo fluido, con recursos dignos de yuxtaponerse a ella, en una puesta en escena, sospecho que excelente.

Cabe señalar como cuerda extendida entre las tres obras, la exploración de interiores bajo una óptica que sin eludir los contextos sociales se preocupa más por lo verdaderamente perdurable: la esencia humana, divisa que no pocos creadores pierden de vista para ver como envejece rápidamente lo creado. Estos textos de Jorge Alberto tendrán menos oportunidad de perder frescura, puesto que, insisto, lo esencial favorece su vigencia más allá de la inmediatez marcada por las épocas y sus circunstancias.

Por último, justo reconocimiento merece la Editorial Extramuros por su trabajo de conjunto para este libro. Lo expreso en nombre del autor a la edición, el diseño, la distribución, promoción, en fin a todos los ciones causantes de tan buena acción mancomunada, aunque el volumen no haya estado ajeno a esa brecha –siempre más dilatada de lo deseado- entre el proceso de craeación y el de publicación. Tiempo suficiente para que Jorge Alberto G. Fernández ya transite por otras búsquedas, en las que se propone intensificar las relaciones espaciotemporales donde mueve a sus personajes. No obstante, estos primeros frutos proporcionan oxígeno a los repertorios de nuestros colectivos teatrales, por lo cual seguramente serán bienvenidos en próximas incursiones en las tablas. Si esta primera presentación de los mismos contribuyese a ello, autor, editores y este comentarista nos sentiríamos reconfortados, con más brios para trabajar y crecer.

Tal vez a diferencia de la mayoría de quienes aceptan presentar textos, confieso que a mí me motivan mucho más aquellos que dan inicio a una impronta creadora.  Ópera prima, - título explícito para la condición de los que se inician, - encierra ese valor que tanto aprecio, por permitirme figurar entre los descubridores de un grato suceso, de un talento. Más aún cuando también he podido marchar de algún modo junto al autor, Jorge Alberto G. Fernández, mientras se formaba como director teatral y a la vez germinaba su semilla dramatúrgica.

Precisamente, los primeros indicios de su lozanía, convertidos luego en los textos que hoy presentamos, pude apreciarlos en los certámenes del Movimiento de Talleres Literarios, desde el cual Jorgito ha sabido empinarse con un sostenido esfuerzo de cinco años, para saltar de los predios municipal y provincial a los encuentros nacionales.

Este volumen hasta en el orden de presentación de sus textos manifiesta fidelidad a su título, pues en él aparecen de primero a último escritos: Habana - New York - ¿Habana?, La diva y Un poco de buena suerte. Acerquémonos pués, respetando ese derrotero ascendente, a cada uno de ellos.

En Habana - New York - ¿Habana? se encuentra un sondeo identitario, para dar de sí los nada secretos objetivos del dramaturgo. El respeto a las diferencias en las diferencias mismas, enriquece los andares de quienes, bajo la premisa de “soñar no cuesta nada”, enfrentan con la singularidad de cada cual, un cúmulo de circunstancias que parecen morderse la cola para un círculo de vicisitudes y esperanzas, de modo que ante los raseros de la identidad homoerótica o la del habanero en Cuba o en el exilio, palpiten personajes dotados con sus propias espuelas en la acción dramática. 

Si tuviera que escoger la estrategia que más me satisface en La Diva, no vacilaría en optar por ese juego que hace trascender en esta obra algunos tintes melodramáticos, como materia digna de complejizarse dramatúrgicamente. Se trata de un recuento plagado de emociones que consiguen un peso real, más apto para el desempeño teatral que las situaciones elucubradas o extremas que suelen caer en un patetismo, del que esta Diva se salva, y lo que es mejor: con la oportunidad de brillar otra vez, de fabricar cuando caiga el telón un nuevo recuerdo.

Más riesgos entraña la construcción de la tercer propuesta del volumen, y me atrevería a decir que mejor asumidos, prueba fehaciente de la madurez alcanzada por el autor en este recorrido progresivo poro su obra. Un dueto de estos que piden primerísimos actores resulta “Un poco de buena suerte”. A prósito, ojalá la suerte ayude pronto a este texto a encontrar sus actores y un director que sepa cómo arropar tanta palabra buena para el diálogo fluido, con recursos dignos de yuxtaponerse a ella, en una puesta en escena, sospecho que excelente.

Cabe señalar como cuerda extendida entre las tres obras, la exploración de interiores bajo una óptica que sin eludir los contextos sociales se preocupa más por lo verdaderamente perdurable: la esencia humana, divisa que no pocos creadores pierden de vista para ver como envejece rápidamente lo creado. Estos textos de Jorge Alberto tendrán menos oportunidad de perder frescura, puesto que, insisto, lo esencial favorece su vigencia más allá de la inmediatez marcada por las épocas y sus circunstancias.

Por último, justo reconocimiento merece la Editorial Extramuros por su trabajo de conjunto para este libro. Lo expreso en nombre del autor a la edición, el diseño, la distribución, promoción, en fin a todos los ciones causantes de tan buena acción mancomunada, aunque el volumen no haya estado ajeno a esa brecha –siempre más dilatada de lo deseado- entre el proceso de craeación y el de publicación. Tiempo suficiente para que Jorge Alberto G. Fernández ya transite por otras búsquedas, en las que se propone intensificar las relaciones espaciotemporales donde mueve a sus personajes. No obstante, estos primeros frutos proporcionan oxígeno a los repertorios de nuestros colectivos teatrales, por lo cual seguramente serán bienvenidos en próximas incursiones en las tablas. Si esta primera presentación de los mismos contribuyese a ello, autor, editores y este comentarista nos sentiríamos reconfortados, con más brios para trabajar y crecer.

 

Pedro Pérez Rivero

 

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